El mejor regalo que le puedes hacer a tu hijo

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Seguro que habéis oído más de una vez eso que se suele decir, de que los padres intentamos dar a nuestros hijos lo que nosotros no hemos tenido en nuestra juventud o niñez, y, al menos en muchos de los casos que conozco, creo que normalmente esta frase suele estar relacionada con las cosas materiales o con los estudios (si se os ocurre algo más, me lo decís en los comentarios, más abajo).

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Así, los padres que no han podido estudiar por la razón que sea o que, habiendo podido estudiar, no han conseguido ser lo que querían, desean que su hijo llegue a ser eso que ellos no han podido ser. Si tu sueño ha sido ser médico, ¿no desearías que tu hijo lo fuera?

En caso de que en la casa de los padres haya habido carencia material de algún tipo, es normal que estos quieran que sus hijos disfruten de todos los caprichos que puedas conseguirles y así no tengan que pasar por lo que ellos tuvieron que vivir. Quizá estás traumatizado porque no tuviste una Supernintendo, pues ahora lo puedes rectificar con tus hijos.

Ahora os voy a hablar un poco de mí: yo he tenido una infancia muy feliz, en una casa llena de niños (éramos ocho hermanos y yo era el mayor), pero yo veía llegar a mi padre todos los días a las 8 o 9 de la noche. Mi madre también trabajaba, pero lo hacía casi siempre solo por la mañana, por lo que hasta eso de la una y media teníamos a una señora que era la que se dedicaba a arreglar la casa y a cuidarnos hasta que llegaban mis padres.

Recuerdo muchos buenos momentos con mi padre, como cuando me llevó por primera vez al cine, a ver Peter Pan, o cuando se bajaba alguna vez al patio de casa a jugar con nosotros a fútbol. En verano había veces que nos íbamos todos en bicicleta o de excursión, e incluso a veces pasábamos algunos días fuera de casa (eso ya era la leche, aunque normalmente lo hiciéramos en plan “low cost” porque no había para más).

Sin embargo, en el día a día sí que me habría gustado poder hacer más cosas con mis progenitores, en especial con mi padre. Por aquella época, los niños hacíamos cosas de niños y los mayores, de mayores. Me explico: no era normal ver a un padre viendo dibujos animados con sus hijos, porque los dibujos eran “cosa de niños”, y tampoco solían jugar con nosotros a los típicos juegos de mesa que entonces teníamos (Hotel, Monopoly, Imperio Cobra, Cluedo, Inkognito…), porque también era cosa de niños.

Pasaron los años.

Y me casé.

Y nos quedamos embarazados a los cuatro meses.

Entonces tuve claro una de las cosas cual era uno de los regalos más importantes que yo le iba a dar a mi hija, y a las sucesivas, si llegaban:

Tiempo

Nuestros niños necesitan de nuestro tiempo. Yo no recuerdo de qué marca era la ropa que llevaba de niño, o si mi cuna era nueva o se la dieron a mis padres de segunda mano, ni cuántas veces me compraban chucherías o qué me regalaron en mi octavo cumpleaños, pero sí recuerdo, con mucho cariño, muchos de los ratos que pasamos en familia.

Entonces, todos estamos de acuerdo en que nuestros niños necesitan de nuestro tiempo. Ahora viene la típica majadería: “tiempo de calidad”. Decir eso es como decir que todo el tiempo que pasamos con ellos sin estar haciendo cosas superdivertidas no vale, y por tanto es prescindible. Dicho de otra manera y de una forma algo más bruta: “yo solo quiero estar con mi hijo para hacer cosas “especiales”, el resto de momentos no me aportan nada y para eso ya están los monitores/profesores/maestros/etc. Eso es tratar al niño como si fuera un “elemento de satisfacción personal” y es un terrible error. Os aseguro que de esto los niños se dan cuenta.

Todo el tiempo cuenta. Porque a fin de cuentas dar tiempo (del que sea) es demostrar a nuestros hijos que nos importan. Si tú a tu hijo le dedicas tiempo, le estás diciendo que le quieres con hechos concretos.

Eso sí, tampoco nos vayamos al caso contrario: no podemos estar todo el día a merced de nuestros hijos, pendientes de cada uno de sus caprichos y de qué se les antoja a cada momento. Eso no es bueno, porque los convierte en pequeños tiranos.

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Aquí estoy con toda la banda. Oye, así parece que tengo más pelo…

 

Supongo que sabéis que una de las características de una sustancia gaseosa es que tiende a ocupar el máximo volumen disponible. Si tenemos nitrógeno y un bote de 1 litro, tendremos el bote lleno de nitrógeno, pero si ahora lo pasamos a un bote de 3 litros, también tendremos el bote lleno de nitrógeno. ¿¿?? (Cosas de la química, a mí no me pregunteis, las leyes ya estaban formuladas cuando nací).

Con los niños pasa igual (y con mi amiga Marian, que tiende a ocupar de ropa todos los armarios disponibles, si no preguntádselo a su marido Pablo). Para un niño, nunca es suficiente el tiempo que le dedicas, son como agujeros negros que intentan fagocitarse a todas horas tu tiempo y tus recursos. Yo conozco a multitud de gente que me dice “si con un hijo no me aclaro”, “si con dos hijos no me aclaro”.

Pues mi experiencia es que ha sido más fácil con dos que con uno, y con tres ha sido también más fácil que con uno, y con cuatro, también, porque nuestra hija mayor era una auténtica tirana.

Es cierto que nuestra vida a veces es complicada, pero no por el número de hijos, sino porque tenemos un bebé, y el bebé es mucho más dependiente y requiere mucha más atención. En otra entrada tocaré el tema económico, pero en cuanto a “cansancio”:

¿Estaríamos mi mujer y yo mucho más descansados si en lugar de 4 hijos tuviéramos 2?

No. 

Es cierto que hay una trampa, y es que priorizamos y filtramos en la larga lista de tareas diarias que tenemos que hacer. Por ejemplo, cuando solo tenía una hija, quitaba el polvo de la casa 2 veces por semana, ahora, obviamente, no, pero de La Casa, ese gigantesco Faraón que a veces esclaviza nuestra vida y que en ocasiones parece que tenga vida propia, hablaremos también en otra entrada

Claro, es que con tantos hijos no les puedes dedicar a todos el tiempo suficiente, yo por eso solo tengo dos.

Aquí es donde quería llegar, ya que esto me lo suelen decir padres que, con dos hijos, pasan menos tiempo junto a ellos que yo con cuatro.

Desmontar este mito es muy fácil, ya que hay una cosa que se llama actividades conjuntas. Si vas a la playa, no vas con uno, te llevas a los cuatro, estás con los cuatro. Si sacas la plastilina, todos se ponen a hacer plastilina, y lo mismo si juegas a juegos de mesa o los pones a pintar. Es cierto que a veces es bueno hacer cosas con los niños por separado, o agrupándolos por edades o aficiones (obviamente a Lelola, de 14 meses, no me la llevo al cine).

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Este día de cumple de Lelona en la playa hace dos meses estuvo muy bien.

Lo bueno que tiene, además, lo de ser familia numerosa, es que los hijos aprenden a entretenerse jugando entre ellos, por lo que la dependencia hacia los padres es menor, pero eso no significa que no tengas que pasar tiempo con ellos.

Entonces, Jaime, ¿has conseguido tu objetivo de darles tiempo?

Sí. Hay días que más y días que menos. Como os decía, para los niños nunca es suficiente, siempre quieren más, pero cuando sean mayores y yo sea un viejo (o directamente ya esté en el Otro Barrio), recordarán:

  • que su padre era un pedazo de friki de los juegos de mesa y que todos los sábados y domingos por la mañana, además de media horita un par de tardes entre semana, sacaba un montón de juegos para jugar con ellas. (De hecho, cuando llego a casa, una frase típica de alguna de mis hijas suele ser: ¿esta tarde jugamos a juegos de mesa?)
  • que mientras ellas pintaban o jugaban con plastilina, papá estaba a su lado, doblando ropa o fregando los cacharros que habían quedado la noche anterior, pero mirando lo que hacían y ayudándolas en caso necesario (donde pone “plastilina” léase también “acuarelas”, y donde pone “ayudándolas”, léase también “evitando catástrofes”).
  • que las llevaba al parque a ir en bici.
  • que las llevaba al cine.
  • que veía pelis con ellas y les conseguía series superchulas (gracias, YouTube) para ver.
  • que en verano organizaba excursiones.
  • que siempre cenábamos en familia (y comíamos juntos en fin de semana y en vacaciones), por supuesto sin televisión de por medio.
  • que les contaba cuentos en la cama un par de veces por semana.
  • Que cuando hacía la pizza los viernes por la tarde les dejaba ayudarle a poner los ingredientes (qué remedio).
  • Y podía seguir con un largo etcétera.
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Aquí “solo” teníamos 3 hijas. Pues no recuerdo esta etapa más relajada que la de ahora, la verdad.

 

En resumen: no creo que exista una regla sobre cuántos minutos al día hay que pasar con nuestros hijos, pero ellos no son tontos y se dan cuenta de si realmente nos importan o nos perdemos en medio de la vorágine del día, dejándolos a ellos ocupando los últimos lugares en nuestra larga lista de prioridades, para luego intentar compensarlo con regalos o con falta de corrección y disciplina en los momentos en los que es necesario. Hay días que no habremos hecho nada en especial con ellos, o incluso, si han estado pesados, habremos estado enfadados con ellos y nos habremos hartado a reñirlos, pero la cuestión es que incluso así, habremos estado con ellos, comentando las cosas del día, apoyándolos, ayudándolos.

De los momentos que pasaremos con ellos, habrá momentos 10, muy intensos y divertidos, otros serán más rutinarios, pero en todos les estaremos dando eso que tan caro va hoy en día: el tiempo.

Entradas relacionadas:

-Familias numerosas: desmontando mitos

-Por qué los hijos de las familias numerosas están igual o mejor educados que los de las familias normales.

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10 Comentarios

  1. Gran entrada, Jaime. Dices verdades como puños. Nuestros hijos merecen nuestro tiempo más que ninguna otra cosa. Y, realmente, lo que más quieren es eso:Jugar contigo, leer contigo, hacer cosas contigo. Los juguetes, para ellos, pasan a un segundo plano. Enhorabuena por esa gran familia, amigo.

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